Cada vez estamos más conscientes sobre la contaminación de plástico en nuestro medio ambiente. Gran parte de la atención se ha centrado en cómo los microplásticos (piezas diminutas que van de 5 mm a 10 nm de diámetro) están llenando los mares y abriéndose camino hacia las criaturas que viven en ellos. Eso significa que estos microplásticos oceánicos están entrando a la cadena alimenticia y finalmente a nuestros cuerpos.

Sin embargo, el pescado y los mariscos no son la única fuente de alimentos que pueden contener microplásticos. De hecho, otras fuentes que no provienen del mar podrían ser mucho más preocupantes.

Una porción de mejillones de consumo en Europa, podría contener alrededor de 90 microplásticos. Es probable que el consumo varíe mucho entre naciones y generaciones, pero los consumidores ávidos de mejillón pueden comer hasta 11,000 microplásticos al año.

Es más difícil saber cuántos microplástiicos consumimos en los peces. La mayoría de los estudios hasta la fecha solo han analizado el contenido estomacal e intestinal de estos organismos, que generalmente se eliminan antes del consumo, pero un estudio encontró microplásticos en el hígado de pescado, sugiriendo que las partículas pueden pasar a los tejidos digestivos a otras partes del cuerpo.

Los microplásticos también se han encontrado en conservas de pescado. Los números identificados fueron bajos, por lo que el consumidor promedio solo puede comer hasta 5 microplásticos por ese medio. Las partículas encontradas también pueden provenir del proceso de enlatado o del aire.

Otra fuente de microplásticos es la sal marina. Un kilogramo puede contener más de 600 microplasticos. Si consumes la ingesta máxima diaria de 5 gramos de sal, esto significaría que normalente consumirías tres microplásticos por día (aunque muchas personas comen mucho más que la cantidad recomendada)

Sin embargo, otros estudios han encontrado cantidades variables de microplásticos en la sal de mar, probablemente debido a los diferentes métodos de extracción utilizados. Este es el problema generalizado en la investigación de microplásticos que hace que sea difícil o imposible comparar estudios. Por ejemplo, un estudio parece haber buscado microfibras (pequeños filamentos de materiales artificiales como el poliéster), mientras que otro estudio solo buscaba microplásticos de más de 200 micrómetros).

El estudio de sal marina mencionado anteriormente no intentó eliminar y contar todos los microplásticos en sus muestras de sal. En cambio, proporcionó una estimación basada en la proporción de partículas que se recuperaron. Esto significa que mostró 1 kg de sal que contenía al menos 600 microplásticos, pero la cifra real podría ser mayor.

A pesar de estos hallazgos, otras investigaciones demuestran que es probable que muchos microplásticos de nuestros alimentos provengan de otras fuentes además del mar. Los animales terrestres también comen microplásticos, aunque, al igual que con los peces, no tendemos a comer sus sistemas digestivos. Hay datos limitados sobre esta parte de la industria alimenticia, pero un estudio de pollos criados en jardines en México, encontró un promedio de 10 microplásticos por molleja de pollo, un manjar en algunas partes del mundo.

Los científicos también han encontrado microplásticos en la miel y la cerveza.

Quizás la mayor fuente conocida de microplásticos que consumimos es el agua embotellada. Cuando los investigadores examinaron una variedad de tipos de botellas de agua de vidrio y plástico, encontraron microplásticos en la mayoría de ellos. Las botellas de agua de un solo uso contienen entre dos y 44 microplásticos por litro, mientras que las botellas retornables (diseñadas para la recolección bajo un esquema de depósito) contiene entre 28 y 241 microplásticos por litro. Los microplásticos provienen del envase, lo que significa que podríamos exponernos a más de ellos cada vez que llenamos una botella de plástico para reducir su desperdicio.

También, existe evidencia de que los microplásticos en los alimentos provienen del polvo. Un estudio reciente estimó que podríamos obtener una dosis anual de casi 70,000 microplásticos del polvo que se instala en nuestra cena y esa es solo una de nuestras comidas diarias.

A pesar de que estas sumas puedan parecer alarmantes, los científicos aún no descubren cuánto daño hacen en realidad estos microplásticos a nuestros cuerpos. De todos modos es importante que intentemos cuidar el medio ambiente para evitar problemas de salud en el futuro.

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