Históricamente, sabemos del impacto que las enfermedades infecciosas han tenido en el mundo. Muchos estudios referente a estos impactos se basan en registros escasos, cuentas históricas y en ocasiones materiales arqueológicos.

A menudo es difícil confirmar el agente o el número real de casos y muertes. Sin embargo, siempre destaca la historia de grandes tragedias sociales, culturales y humanas y en algunos casos la destrucción de pueblos enteros.

Hay algunos casos bien documentados del efecto desproporcionado de las enfermedades infecciosas en comunidades aisladas.

En los años sesenta y setenta, personas fuera de sus comunidades contactaron a algunas de las poblaciones amazónicas, registrando tasas de mortalidad hasta del 75%. Estas muertes se debieron a una amplia gama de enfermedades infecciosas, que a menudo actúan juntas por falta de prevención y atención adecuada para controlar los efectos de la enfermedad.

En Rio Biobío, Chile, la viruela llegó en 1791 a través de comerciantes nómadas que visitaban la comunidad. Cuando los comerciantes se mudaron a otro lugar, la viruela quedó atrás, desafortunadamente dejando resultados mortales.

En 1846, un carpintero en Dinamarca, viajó a las Islas Feroe para construir casas para los habitantes. Desafortunadamente, trajo consigo el virus del sarampión que se extendió a 6000 de los 7782 habitantes de la isla.

Aproximadamente el 8-10% de los bebes y mayores de 60 años murieron. La mayoría de las casas que construyó permanecieron vacías.

El buque de suministros “Harmony” llegó a la comunidad Inuit de Okak (ahora parte de Canadá) el 4 de noviembre de 1918. Sin embargo, dentro de los primeros cinco días de la partida del barco, 8 personas murieron a causa de la gripa española. En Navidad de ese año, la gripe había matado a 204 de los 263 residentes de Okak, que era la comunidad esquimal más grande de Labrador. Para el verano del año siguiente, todos los sobrevivientes habían abandonado el área.

En el otro lado del mundo, la isla Yule en Papua Nueva Guinea, tuvo epidemia de tos ferina en 1909 y 1918, con hasta 7 de cada 100 personas muriendo a causa de la enfermedad.

En estas pequeñas comunidades, la influenza atacó a personas de entre 20 y 49 años, con una tasa de mortalidad del 40% entre 1920 y 1960.

¿Por qué las poblaciones aisladas son tan vulnerables?

El principal factor que hace que las poblaciones aisladas sean tan vulnerables a catástrofes infecciosas es la falta de inmunidad. Nuestro sistema inmune aprende cómo defendernos al encontrar errores y recordar cómo destruirlos.

Esto se conoce como exposición natural. Y esta exposición no solo proviene de lo que nuestro propio sistema inmune ha aprendido, sino también de nuestra madre.

A través de la lactancia materna, el sistema inmunológico de los bebés recoge algunos de los antígenos de la madre por un tiempo.  En el mundo moderno, tal vez la mayor fuente de “aprendizaje” para nuestro sistema inmune es a través de vacunas. Esta es, por supuesto, la premisa por la cual funcionan.

En los años 70, se acuñó el término epidemia de “suelo virgen” para describir los efectos devastadores que las enfermedades infecciosas pueden tener en comunidades con baja inmunidad. Algunos de los factores adicionales que afectan la carga de enfermedades infecciosas en estas comunidades incluyen: factores físicos, como el acceso local a alimentos nutritivos, qué tipo de vivienda tienen las personas y cuántas viven juntas; factores comunitarios, como la disponibilidad de atención médica, el nivel y el tipo de contacto con los animales (que pueden ser reservorios de infección), la disponibilidad de agua potable y el saneamiento; factores del hogar, lo que significa aglomeración de las viviendas, recursos alimentarios disponibles en las comunidades y las familias, los medios de preparación de esos alimentos y su estado nutricional; los factores culturales, incluido el papel de las técnicas tradicionales de curación, ya que estas pueden agravar una enfermedad y causar la muerte, o causar demoras en el acceso a la atención que puede funcionar. El conocimiento médico indígena puede perderse a lo largo de los años. El miedo a lo “desconocido” o estigma puede afectar las conductas de búsqueda de atención; los factores político-económicos, como la estructura social y la organización política pueden afectar quién tiene acceso a muchos de los factores mencionados.

Lo fundamental para la supervivencia de las comunidades es la estructura social y el liderazgo para aprovechar las reacciones de la comunidad y las respuestas que salvan vidas a la “invasión”.

Cuando varios casos ocurren en la misma casa, los casos secundarios se exponen más intensamente que el caso primario. Muchas de estas comunidades pueden estar experimentando varias infecciones al mismo tiempo; estas infecciones pueden actuar juntas y aumentar la gravedad de cada una de ellas.

Este “efecto de amplificación” se ve agravado por los tamaños de las familias y las condiciones de vida abarrotadas, que a menudo se encuentran en comunidades aisladas.

Un documento de los años 90 también descubrió que las comunidades pequeñas pueden verse más afectadas por los brotes si no las han experimentado por mucho tiempo: Las comunidades pequeñas pueden permanecer libres de enfermedades durante períodos relativamente largos, pero después, la falta de exposición a la infección conduce a una acumulación de susceptibles, por lo que cuando una enfermedad se reintroduce desde el exterior, se asocia con una alta mortalidad en niños y adultos.

El documento también encontró que esto puede tener un efecto en las tasas de fertilidad, si se pierden parejas de matrimonio adecuadas en estas comunidades. Con pocos hijos nuevos y altas tasas de mortalidad, las comunidades a menudo no son viables.

También se han identificado datos importantes al examinar estas epidemias de “primer contacto” o tierra virgen. Los cambios globales como la intensificación agrícola, la pérdida de biodiversidad y los cambios climáticos son factores eficaces de enfermedades infecciosas.

Se estima que hay al menos 50 grupos indígenas diseminados por Sudamérica que permanecen aislados, con solo interacciones intermitentes con el mundo “exterior”. Cuando ocurra un contacto, necesitará ser respaldado por acceso a alimentos, agua, tratamiento, refugio, seguridad y trabajadores de la salud por un período prolongado para prevenir la extinción y asegurar que sus derechos humanos a la salud, y la protección de su tierra estén asegurados.

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